miércoles, 30 de mayo de 2018

El alma de la tierra









Intuición, sabiduría antigua, ilusión y amabilidad.
Estos son los vientos que animan el Corneta.
Ajedrea seca y flor de mimosa punzante y amable.
Agujas de pino. Levaduras, tacto de bizcocho con limón.
Almendra amarga. Envolvente y atractivo por su discreción 
persistente.
En el paladar es como el jade en la mano: dará tanto calor
y bienestar  como el bebedor quiera tomarse. Casio es escueto y 
sonríe porque sabe del poder de su cepa vieja en suelo pobre.
Austeridad y sencillez, sabiduría de antaño a pie de peña.
 Cuentan que en las largas noches de invierno, una copa de este
 verdejo junto a la lumbre, Dante y su amada Beatriz se añaden a la
 charla;
Casio, Bruto y Julio Cesar sonríen porque convirtieron a la traición
en una estrella fugaz; ¿y Jesús? Jesús nació en un pesebre
para perdonar a Judas.
Sensaciones
Raíces profundas lamen la humedad del suelo
 para llevarla a su interior, que es verde y tiene
el alma en forma de pepita de madera.

QUIRÓN 

domingo, 27 de mayo de 2018

La heroína invisible





         Anónima nació en el seno de una familia rural humilde, durante la dictadura de Primo de Rivera. Fue la mayor de cinco hermanos. Sus padres, trabajadores del campo, se afanaban por sacar adelante a su prole. Asistió a la escuela durante la segunda república y, cuando se inició la guerra civil española, dejó los estudios y se dedicó a cuidar de sus hermanos pequeños mientras su madre trabajaba de sol a sol, y su padre había sido reclutado para la defensa de la República, ante la guerra planteada por el ejército de Franco.

         Cuando acabó la guerra, su padre volvió a casa. La comida escaseaba, tenían un pequeño huerto que Anónima cuidaba, así como a sus hermanos, mientras sus padres buscaban cualquier trabajo mal pagado para poder subsistir. Al cabo de un año, la depuración de los vencedores llegó al pueblo y a su padre lo encarcelaron durante diez años. Anónima tenía trece años y su madre no conseguía con su escaso trabajo traer alimentos a casa. Se colocó en la casa de los señores que habían denunciado a su padre, como interna, haciendo todas las labores de la casa y entregando lo poco que la pagaban y algún que otro alimento que conseguía escamotear, a su madre.

         En los diez años que estuvo su padre cumpliendo condena por haber estado en el bando perdedor, Anónima no dejó la casa en la que la explotaban en todos los sentidos. Sufrió los manoseos y groserías que los hijos de los señores le prodigaron, sin que sus padres intervinieran para evitarlos. Sólo su fuerza de voluntad y sus rezos hicieron que volviera a su casa con su honor impoluto..

         Sus hermanos ya colaboraban en el mantenimiento del hogar familiar y Anónima tuvo tiempo de salir de paseo y conocer a su marido, Salvador. Al poco se casaron y se establecieron en el pueblo de al lado, con el trabajo del campo. Allí nacieron sus dos hijos, que la llenaron de alegría. A los pocos años empezó la inmigración a las grandes ciudades, porque el campo no daba ya para todos. Anónima aterrizó en un pueblo cerca de la capital con su núcleo familiar, y Salvador encontró un trabajo en una fábrica. Sus hermanos fueron pasando, uno a uno, por su casa hasta encontrar un trabajo y una novia, e irse a su propio hogar.

         Su padre murió de una larga enfermedad que dejó agotada a su madre, a la cual se trajo a su casa hasta que también la dejó huérfana. No consintió que su madre fuera a ninguna residencia ni a casa de sus hermanos. Sus hijos sintieron la ausencia de la abuela con la que se habían criado.

         Llegaron los nietos, ya en la democracia, que dieron alegría a Anónima. También quiso quitarse una espinita que tenía clavada desde que la sacaron de la escuela de niña, y acudió a clases de adultos en la gran población en que se había transformado aquel pueblecito al que emigraron. Salvador cumplió su cometido en esta vida y se marchó en silencio, sin hacer ruido, de la vida de Anónima. Ella se agarró a sus nietos y a la escuela de adultos para encontrar un motivo que le hiciera luchar por seguir existiendo.

         Anónima ha cumplido los 90 años y vive feliz, rodeada por sus hijos, sus nietos y amigos, que vienen  a visitarla a la residencia donde acabará sus días, ya que no ha querido dar guerra a nadie, junto con los mejores recuerdos de su larga existencia.


Rabo de lagartija

Sombras en el andén





         El perro levantó la cabeza. El gato dejó escapar un maullido. Por el agujero abierto en la pared asomaban los bigotes de los dos ratones que habitaban en él. Uno a uno se fueron aproximando para comprobar el motivo que les había sacado de su letargo 

         Una vez los animales estuvieron reunidos, iniciaron los pasos hacia  la puerta de entrada de la sala, por donde se escuchaban los ruidos que habían llamado su atención. El perro marchaba primero, el gato sigiloso le seguía los pasos y los ratones cautelosos cerraban el cortejo. Cuando llegaron al lugar donde se encontraba el hombre, vieron como éste iba de un lado a otro de la habitación, tratando de encontrar lo que andaba buscando, hasta que por fin al abrir uno de los cajones del armario halló lo que buscaba. Tras unos segundos de vacilación, sacó las ropas que guardaba en su interior y se dispuso a cambiarlas por las que llevaba puestas. Una vez terminado el cambio se miró al espejo y sonrió al ver la imagen que este le devolvía. Allí estaba, vestido con su uniforme de traje negro, corbata roja y la gorra a juego. Hacia tanto tiempo que no se ponía aquellas prendas, pero hoy iba a ser un día especial, había recibido una llamada donde le comunicaban el paso del tren por la vieja estación.  Volvería a esperar la llegada del tren entrando en la estación, pensó, y tocaría el  silbato como aviso a los pasajeros. Después seguiría con la mirada la marcha del convoy hasta que este  se perdiera en la distancia. El sonido de unos roces hizo que el hombre girara la cabeza para ver de dónde venía  el sonido que le había sacado de sus recuerdos, fue entonces cuando recaló en la presencia de los animales. Estos habían seguido todos los movimientos del hombre hasta que el gato dando un salto quiso atrapar al pájaro que se había posado en la ventana, pero el ave viendo las intenciones de éste, emprendió el vuelo rápidamente, rompiendo el silencio de la habitación.

         El hombre se encaminó a la salida y al pasar junto a ellos, les llamó por su nombre, comunicándoles que el tren pararía aquel día en la estación. Los animales al oírle saltaron contentos a su alrededor.

         El perro sacudió el polvo de sus patas, el gato se lavó la cara y afiló sus uñas y los ratones peinaron sus bigote. Cuando por fin todos estuvieron preparados se encaminaron hacia el exterior a esperar el paso del tren. El tiempo pasaba, la mañana dio paso a la tarde y la tarde a la noche, y en el andén sombras esperando al tren.

         Por un tiempo siguieron esperando hasta que perdida la esperanza que de este pasara se fueron alejando del lugar.

         El perro volvió a la caseta donde tenía su cama. El  gato, agrandando sus ojos en  la obscuridad vigilaba por si algún intruso despistado se acercaba y le daba caza. Los ratones entraron en la ratonera.

         Tras apagar las luces el hombre se dirigió hasta la estancia donde guardaba las ropas y abriendo el cajón del mueble las depositó en su interior, esperando algún día volver a por ellas.

         En el exterior la huella de las sombras en el arden.


I R I S

El sueño





Estoy dormida pero tengo un sueño muy real.

Voy andando por una gran avenida, llena de gente, que viste de muchos colores.

 Todo el mundo camina solo, sin compañía alguna. Yo voy acompañada por mi familia, la gente se gira para mirarnos. Estoy en una ciudad desconocida, intento comunicarme con alguien y hablan otro idioma que no entiendo. Crece mi angustia.

Entro en un sitio a tomar un café. Por un gran ventanal veo que hay mucha más gente en la calle. De repente entre la gente veo policías que  acordonan la zona y quedan dos grupos de personas, los que estamos dentro del  establecimiento  no podemos salir a la calle y los que están fuera no se pueden mover pues hay muchos policías. Se crea una multitud a la que no dejan continuar su camino, hay lucha y forcejeo con la policía, si alguna persona  corre e intenta salir de ese cordón policial, a unos metros  hay otro aún más férreo.

La gente que estamos dentro miramos atónita a los de fuera, vemos caras de susto, gritando, y ellos nos miran a nosotros con los ojos muy abiertos sin entender muy bien lo que pasa. La casualidad fue la que nos separó unos dentro y otros fuera, y los de fuera no saben porque están en esta situación. Se han creado dos grupos, condenados a mirarnos.

Muy a lo lejos se oyen unas sirenas que me hacen presagiar algo mucho peor, el zumbido de las sirenas es cada vez  más fuerte, hasta que abro los ojos y reconozco el sonido del despertador y mi angustia se convierte en tranquilidad.

Estoy en mi cama


Clave de Sol

Naturaleza




        Por aquel arroyo de las aguas albas
        nacían las flores de lindo candor,
        que el agua serrano secaba las gotas,
        que el frío rocío robaba el calor.

        Una margarita de pétalos blancos
        y un lirio morado altivo y gallardo,
        con una violeta cantan  a porfía,
        con la esencia fina de que goza un n ardo.

        Hay una azucena en una ventana
        y un clavel sangrante diciendo te quiero,
        y una niña guapa como una gitana,
        con su pelo al aire igual que un florero.
               
                Por la estrecha senda
                nacen margaritas,
                romeros, cantuesos
                y flores chiquitas.

                Hay zarzas y arbustos
                y miles de flores,
                rocíos y escarchas
                que dan mil olores.


Trotamundos

domingo, 20 de mayo de 2018

No hay lunes malo





         A Martín le gustaban los lunes. Ese día, después de la tranquilidad del fin de semana, se activaba de nuevo y se iba al centro de mayores a recargar las pilas, una vez efectuadas las labores que le correspondían del hogar, según su mujer.

         Siempre se arrimaba a la misma mesa donde, desde muy temprano ya se había formado una partida de cartas. A él no le gustaba el juego porque si perdía, siempre había chanzas y chirigotas a su costa, y si ganaba, se sentía culpable de que recayeran en otro las burlas y denostaciones. Los mayores somos como los niños, a veces crueles con el compañero. Aparte de observar las habilidades de los jugadores, lo que más le gustaba era la tertulia que formaban los que no jugaban.

         Se solía empezar con el fútbol del fin de semana, y siempre había opiniones encontradas, dependiendo de los colores que cada cual defendía. Llegaba un momento que el desacuerdo era ya irreversible, y Martín actuaba de moderador aconsejándoles que dejaran ese tema tan polémico. Se creaba un rato de silencio y de meditación para ver por donde se podía volver a la tertulia del lunes.

         A alguno se le ocurría hablar de donde había estado el fin de semana y se iniciaban los turnos de exposición con el típico tópico de “pues yo”. El tema siempre derivaba en otras cuestiones. Salían a relucir las relaciones familiares, las penas y las tristezas, hasta que a alguno se le ocurría hablar de las pensiones. Casi todos estaban de acuerdo en el fondo de la cuestión. Había que revalorizarlas, pero se notaban los colores de las tendencias políticas de cada uno. Acababa como el Rosario de la Aurora y Martín volvía a poner cordura en el debate.

         Uno sacó el tema de los derechos de las mujeres y estuvieron un buen rato debatiendo, siempre con criterios dispares. De ahí se derivó a las autonomías y la política en general. Salieron a relucir banderas y colores de los partidos políticos, con el “tú más” y el “qué hicieron los tuyos”. Martín ya no tuvo que intervenir porque se acabó la partida y se empezaron a levantar. Era la hora de la comida.

         Martín llegó a su casa sin saber quién había ganado la partida, ni quién jugaba mejor al fútbol, ni si los jueces tenían razón o qué partido político les arreglaría las pensiones. Su mujer le preguntó que tal había pasado la mañana y Martín le contestó que “como todos los días”. Comió con gusto la comida que su mujer le preparaba y después se sentó ante el televisor a ver las noticias. Fue cuestión de segundos quedarse dormido. Siempre se despertaba cuando ya habían terminado, pero no le importaba, ya había sido informado de todo lo acontecido con más puntos de vista y mejor que en el telediario.

Rabo de lagartija

Magia es la palabra





Ahora que tan devaluada está la palabra, cuando tantas personas la degradan, a mí me encanta enredarme con ellas. Y pensar que es a base de esos pequeños signos, que primero fueron pictográficas, luego simbólicas, y por último fonéticas. El  resultado es el mismo, pequeños signos con significado sobre arcilla, metal, piedra, papiro o pieles. Seguro que en la antigüedad pensaban que era magia.

De esa magia fue de donde salieron las grandes obras de genios, que uniendo su pensamiento con esos pequeños signos consiguieron traer hasta nosotros la gran obra escrita de la humanidad. Obras de Homero; de Cervantes; y de tantísimos otros, o en último caso, la de Manuel Ribas, que ahora mismo busca la palabra más adecuada para expresar a base de frases, lo que siente, lo que piensa o aquello que no le gusta, y utiliza como él sabe hacerlo, la palabra.

Y por eso tiene magia ¿Acaso no es mágico  que yo escriba unas pequeñas marcas en papel y tú, al otro lado del mundo puedas entender lo que estoy pensando? Si me expreso correctamente, podrás comprender mis sueños y compartir mi conocimiento. Quizás pueda pintar con mis palabras una belleza ya existente, pero al verla a través de mis ojos, desde mis palabras, podrás  sentir la pasión y la elegancia que entraña. De esta manera, habría vencido al tiempo y al espacio, compartiendo contigo un momento de inspiración o quizás de risas.

Después de jugar un poco con esos pequeños signos, reconozco por supuesto que sí. Que la  palabra es magia. Es una poderosa, peligrosa y bonita magia.


                                        QUIRÓN