martes, 5 de marzo de 2019

Primavera en invierno





            La noche se aleja con el resto de sus sombras. La luz del nuevo día devuelve a las calle  la vida que dormita durante la noche. El sol, que no quiere perder su protagonismo en el nuevo día que amanece, desprende sus rayos dando calor y  alejando con su presencia el fresco reinante de las horas pasadas.

            Poco a poco los comercios abren sus puertas, esperando que sea un buen día de ventas. Los transeúntes van y vienen de un lado hasta el lugar de su destino.

            Los árboles de los parques empiezan a sentir que la primavera se acerca y en los extremos de sus desnudas ramas asoman tímidamente los brotes de las nuevas hojas, y las flores de invierno empiezan a florecer, llenando con su colorido espacios donde duermen las raíces de las plantas, que aflorarán cuando llegue su tiempo.

            Las horas del nuevo día siguen su curso. El buen tiempo reinante en la ciudad  da muestras que se ha adueñado de los días de invierno.

            Padres y abuelos aprovechan el buen tiempo para llevar a los niños, al salir del colegio, a jugar y tomar el sol a los parques infantiles que tienen próximos, llenando con sus voces y risas su tiempo de juego.

            Los más mayores del lugar buscarán un banco al resguardo, donde más caliente el sol, para reunirse con  los que cómo ellos aprovecharan el buen tiempo y recordar y revivir los viejos momentos.

            El día llega a su fin. Los comercios echan su cierre. Las gentes regresan a sus hogares, donde esperar la llegada del nuevo día para aprovechar el buen tiempo que la primavera ha robado al invierno.


IRIS

Periodistas





Sí, Alejandro Pizanik cuenta cómo  un día  de 1963, ¡en Santiago!, encontró el “centro exacto del abandono”, justo lo contrario sería la boca  peligrosa de besar; el centro exacto del rescate. Ese “cierto punto” que enloquecía a los surrealistas y donde lo comunicable y lo incomunicable dejarían de ser percibidos como contradictorios. Cada vez estaba más cerca. Eso parecía.

La vida dio un giro inesperado. Querías ser periodista, escritor, y alguien te abrió la puerta de un diario. Eras un chico de recados, un meritorio, no más. Pero ejercías cada noche  el derecho a soñar.Siempre eras el último a irte, con el periódico bajo el brazo. Oías en el sótano el arranque de la rotativa, la vibración del suelo, y era como sentir en las tripas la pulsación de una Fender Stratocaster. El periodismo era, sí un cuento apasionante. Y allí encontraste, de verdad, la boca peligrosa de besar.

Volví a pensar en esa imagen, en la boca peligrosa se besar, durante un encuentro en Buenos Aires sobre la crisis  del periodismo y sus alternativas. Habría que decirlo en plural: las crisis del periodismo. Hay crisis en muchos campos, pero parece que el periodismo las convoca todas. Hay días  en que parece el “centro exacto del abandono” y que la crisis es existencial, autodestructiva, y no solo tiene su causa en la incertidumbre tecnológica y la zozobra económica.

Al contrario de lo que enunció Kapuscinski (“este oficio no es para cínicos), tienes la impresión de que el cinismo toma posiciones e incluso  es considerada una cualidad. Es una actitud que también  impera en la política. En las encuestas de opinión en España queda situado en muy mal lugar el papel que hoy representan los periodistas.  Pero, al mismo tiempo, la gente considera cada vez más necesario  el periodismo entendido como el lugar de los porqués, un centro de rescate de la verdad. Al igual  que las zonas sensibles que detectan los peligros de la naturaleza, el periodismo, en sus mejores momentos, es ese espacio ecológico que     preserva el medio ambiente democrático. De ahí esa fuerza y también su vulnerabilidad.

El periodismo vive y sufre  su propio “cambio climático”. Con sus metamorfosis, saldrá adelante porque es necesario. Imprescindible. En ese encuentro en Buenos Aires, en la sede de Anfibia, una experiencia alternativa vinculada a la Universidad de San Martín, coincidimos en que, frente a la sobreabundante dosis cínica, el periodismo exige  un activismo del deseo. Alguien añadió: y un cierto peligro.

QUIRÓN







Un día cualquiera





                         Todos los días amanece,
                         para unos antes y para otros después,
                         unos se afeitan por la mañana
                         y otros por la tarde,
                                                unas se arreglan y pintan y otras no
                         y cada cual se va a sus menesteres,
                                                y a la hora que le corresponde.

                        En nuestro lugar habitual
                        la paz reina entre todos,
                                               casi siempre  cordial
                        y se usan buenos modos.

                                               Luego un día borrascoso,
                                               nos atrapa una tormenta,
                       alguien tiene día patoso,
                       que llegó sin darse cuenta.

                        Estas cosas de la vida
                        que tenemos que afrentar,
                                                que nos causan gran herida,
                                                hasta poderla curar.

                         Hay que ser un gran torero
                         y cogerlo por los cuernos,
                         aunque el miura sea bravo,
                                                sus envites que sean tiernos.

                         El tiempo nos ha enseñado
                         que la fuerza está en sí mismo,
                         que si se afronta empeñado,
                                                 se gana con egoísmo.

                          Sé que la fuerza no falta,
                                                  y sé que el valor tampoco,
                          y el ánimo siempre en alza,
                          y acabemos con el coco.
   

Trotamundos 

sábado, 16 de febrero de 2019

El pañuelo





       Vanesa empezaba a notar los efectos de los ciclos que le estaban poniendo. Cansancio, náuseas, vómitos y la caída del pelo. Sus defensas mermaban y tenía que volver a recuperarlas para el próximo ciclo.

       Todos los días se miraba al espejo que, junto con el peine, reflejaba la realidad de la caída del pelo. Una mañana decidió raparse la cabeza para no sufrir más viendo cómo perdía su melena rizada que tanto gustaba a su marido. ¡Ya está! Y ¿ahora qué?

       Se puso el gorro de invierno y salió a la calle. En Internet había buscado una tienda que ofrecía distintos modelos de pelucas para ocultar su calvicie. La encontró y entró con aire de culpabilidad por tener que acudir a dicho establecimiento. Le enseñaron diversos modelos y se probó alguno. No estaba convencida y dijo que se lo pensaría.

       Cuando llegó a casa le dio vueltas al asunto y recordó aquella vecina mayorcita que sufría una alopecia aguda y que optó por ponerse peluca. Se le notaba desde la distancia que no era su pelo, que no era su estilo de peinado y, a saber con qué materiales lo fabricaban. No. Esa no era la solución que quería.

       Rebuscó por los cajones sin saber en concreto qué buscaba, hasta que encontró, bien doblado y semioculto en el fondo de un cajón, aquel pañuelo que le regaló su marido para cuando iban en la moto, ella de paquete abrazada a él y dándole el aire en la cara y su pelo sujeto por aquel pañuelo para no despeinarse.

       Se lo probó de distintas maneras hasta que encontró una que no le quedaba mal. Unos retoques aquí y allá y se miró definitivamente en el espejo. Vio reflejada una mujer, todavía joven con la cabeza cubierta con estilo y elegancia de un colorido y jovial pañuelo. Una media sonrisa afloró a su rostro. Se pintó las cejas con el lápiz de sombra, se paseó el pintalabios por sus labios resecos y tiró una raya artística por encima de sus pestañas.

       Esperó pacientemente a que su marido volviera del trabajo. Oyó abrir la puerta y los pasos hasta el salón. Venía a darle el beso de saludo y se quedó parado, a medias de agacharse sobre el rostro de su mujer. Su cara reflejaba sus sensaciones y sentimientos que Vanesa leía con avidez. Una amplia sonrisa espontánea afloró en el rostro de su marido y unas palabras surgieron de su corazón:

       “Cariño, te quiero con pelo, sin pelo, sin pañuelo y con él. Estás preciosa”.

       Vanesa salía todos los días a la calle con la alegría reflejada a su rostro.


Rabo de lagartija

A pelo





 A pelo se monta sin silla, va al descubierto y se muestra tal cual es.
Es como recibir un gran abrazo: lleno de oscuridad y
 profundidad, de integridad y bienestar.
Ofrece  un sentido íntimo y distinto de los sabores de la tierra.
Hay misterio en la relación, hay comprensión innata y ningún aspaviento,
hay sentimiento y complicidad, sonrisas y un punto de picardías.
A pelo recoge al caminante y lo lleva  por los senderos de la frescura
Y la franqueza con brío y con energía, con soltura y desparpajo.
Es vida y corre como agua que brota de una tierra con cicatrices.
Sabe a ciruelas y a violetas, huele a pastel de cerezas y a arándano negro.
Tiene la acidez de la corteza de naranja confitada y la consistencia y
 enjundia de la algarroba y la almendra.
 Baila como las sombras en la caverna para anunciar que la verdad existe:
No hay más que beberla.
Lorarel y sus habitantes son como un algarrobo:
Una presencia amable que invita a recoger su sombra discreta y sus frutos
Sonríe  al invierno y resiste el verano, hermoso en su sencillez.

QUIRÓN

Los recuerdos





En una ocasión en un grupo de lectura nos dijeron que escribiéramos recuerdos de la infancia, sensaciones, lugares, olores y esto es lo que a mí se me ocurrió.

Cuando yo tenía seis años la casa de mi abuela me daba miedo en general pero había algunas cosas que me llamaban la atención.

La llave que era muy pesada y mucho más grande que mis manos, la puerta que por la parte de abajo era de madera pero la parte de arriba era de cristal, y por la noche se ponía un tablero.

Se subía un solo escalón y entrabas al comedor, donde estaba la tele, una mesa redonda y silla, mi abuela nunca tuvo un sofá.

Del comedor salía un pasillo largo en el que había dos habitaciones a la derecha, cada una con dos camas pequeñas y sin ventanas, al final del pasillo había que subir otro escalón y se llegaba a la cocina, exageradamente grande en contraste con el resto de la casa. Había una ventana muy grande y debajo una pila blanca en la que siempre descansaba una tabla de madera de lavar. Mi abuela nunca tuvo lavadora. La cocina era de carbón.

El retrete estaba afuera en un patio, por eso no era raro ver algún orinal debajo de la cama.

Pero lo que me daba miedo era una trampilla que había en el techo del pasillo cerrada con un candado. Nunca vi subir a nadie pero en mis sueños bajaban monstruos y subía yo, que debía tener mucho interés en saber que había allí. Cuando pregunté por aquella trampilla mis padres me dijeron que era el “sobrao”, y a partir a ahí se convirtió en un juego imaginar poder subir y ver qué había. Nunca lo conseguí.

En el patio descansaban unas traviesas de ferrocarril que hacían las veces  de asiento y de lado a lado del patio las cuerdas de la ropa. Cuando lavaban las sábanas, las tendían a la mitad y una tras otra de modo que yo empezaba a recorrer las sábanas por debajo y me llegaba el olor del añil, mientras pasaba de una a otra, las sábanas blancas y azuladas a causa del añil me trasportaban a un cielo con nubes. “Era muy feliz”.

Era una casa que me daba miedo, aún así cuando supe que la iban a derribar me fui despidiendo de cada estancia sin quitar la vista de la trampilla del pasillo.


Clave de sol

sábado, 9 de febrero de 2019

El roce hace el cariño





         Una vez que un pariente de lo más lejano llegó a ministro, en mi casa hubo una revolución. Se dispararon todos los sueños olvidados, no se puso ningún freno a la imaginación y se construyeron mil castillos en el aire. Se cambió radicalmente de chaqueta. Ahora veíamos con entusiasmo y comprendíamos las razones que tenía el Gobierno para efectuar con el pueblo el severo y estricto programa electoral que preconizaron.

         Se buscó exhaustivamente la dirección, los teléfonos de contacto de nuestro ilustre pariente, no tan lejano como parecía al principio, se recordó nombres de padres, hermanos y otras parentelas del reciente ministro y se puso al día los curriculum de todos nosotros, parados, mal contratados o ambiciosos por subir peldaños en la escala social. Se hizo una rigurosa lista por orden de jerarquía de los habitantes de nuestra casa, donde constaba parentesco, edad, situación familiar y laboral y, sobre todo, pretensiones profesionales.

         Recuerdo el empeño y el cariño que puso mi padre en pegar adecuadamente el sello de correos en el sobre que viajaría directamente hasta nuestro porvenir. Correo certificado, con acuse de recibo. Fuimos todos a la oficina postal para depositar nuestras ilusiones y dar fe de que eran admitidas por el correspondiente empleado, sin ningún tipo de defecto, restricción o mácula.

         Pasaron los días con desesperante lentitud. Tardaba la respuesta. Buscamos todos los motivos de excusa para dicha tardanza. “Tiene que pasar por el registro de entrada”, “luego, se procederá a su envío al departamento correspondiente”, “de allí, una vez pasado el filtro del jefe de departamento, subdirector, director, secretario del director general, y director general, pasará al subsecretario del ministro. Éste procederá a pasarlo al secretario de estado cuando sea el momento oportuno, dentro de orden protocolario. El secretario de estado valorará el contenido del sobre, si se ajusta a derecho, si no supone infracción de ninguna norma dictada por su gobierno y partido e investigará si los hechos y parentescos del mismo son ciertos”. “¡Ya estará en la bandeja de espera para ser despachado por su excelencia el ministro! (Manolito le llamaban en su casa)”.

         Al cabo de dos meses llegó el acuse de recibo del sobre, efectuado por un funcionario anónimo. Por lo menos había llegado a su destino. La espera pasó de la duda a la esperanza. Pronto recibiríamos noticias, positivas por supuesto. La esperanza se fue debilitando con el paso de los días e incluso meses. El cabeza de familia no se atrevía a molestar directamente al Sr. Ministro, no sea que fuera contraproducente. Nos íbamos conformando con que nos ofrecieran la cuarta parte de nuestras peticiones. Según aumentaba la tardanza en la respuesta, disminuían nuestras expectativas.

         El cartero nos trajo el sobre oficial del ministerio exactamente a los 237 días de haber enviado nuestra petición. Un papel doblado contenía el sobre. El patriarca tuvo el privilegio de extraerlo. Lo extendió, lo alisó, se puso las gafas y se lo acercó a los ojos. ¡Léelo en voz alta, que lo escuchemos todos! Pudimos ver que el papel tenía un membrete en la parte superior izquierda , que estaba bordeado por ribetes dorados y, al final del escrito se observaba una firma grandilocuente y rimbombante. Las pocas palabras escritas en él decían:

         Querida familia:

         Qué alegría me ha dado el tener noticias de vosotros después de tantos años. El motivo de esta carta, antes de tomar ninguna decisión, es para que me aclaréis una duda. ¿De qué rama familiar somos parientes? ¿Por parte de mi padre o de mi madre? Perdonad mi ignorancia, es que me han escrito tantos parientes últimamente, que ya me pierdo en mi árbol genealógico. Podéis contestarme a la misma dirección de la primera vez y así ya podré tomar mi decisión.

         En espera de vuestra contestación al respecto y quedando a vuestra disposición para lo que necesitéis, atentamente,

         Vuestro pariente más que lejano.


Rabo de lagartija