sábado, 28 de noviembre de 2015

La mirilla





        Me desperté en la noche y contemplé a Sofía. Dormía con un sueño profundo, sereno y relajado. La fortuna la había puesto en mi camino cuando ya desesperaba de encontrar un alma gemela que hiciese menos tediosa mi soledad.

        Aquel día estaba leyendo a Matilde Asensi. Ensimismado e imbuido en la trama de la novela, me sobresaltó el sonido del timbre, con su melodía seca e irritable. ¿Quién podía llamar a mi puerta? No esperaba a nadie así que supuse que sería para vender algo. Molesto por haber interrumpido tan precioso momento, me levanté y cual bailarina, fui de puntillas hasta la puerta  y con cuidado, levanté la mirilla para ver quien alteraba mi paz y tranquilidad.

        Mi ojo se ajustó a los bordes de aquella lente chivata, hasta que distinguí nítidamente la figura y la persona que osaba romper el silencio de mi hogar. ¡Era ella! La nueva vecina. Aquella que me sorprendió gratamente el primer día que la vi, con aquella sonrisa ingenua y aquellas maneras suaves y elegantes con que empujaba su carrito de la compra. La ayudé a subirlo por la rampa y mantuve una conversación corta y tópica hasta que se cerró la puerta del ascensor.

        Por medio de la vecina del cuarto, que era la pregonera mayor de la escalera, me enteré que estaba divorciada, no tenía hijos, estaba empleada en una buena oficina y mantenía un trato educado y agradable con todos los vecinos.

        Mi soledad me cayó encima, presionando mi espíritu. Como buen soltero, siempre me recordaba el decálogo del hombre solo, con sus ventajas y la ausencia de problemas al convivir con otra persona. Algo que tenía escondido muy dentro de mí se desperezó, tomó forma y empezó a recorrer todos mis sentidos.

        Traté de buscar encuentros que parecieran casuales con la vecina. Estudié sus costumbres, las horas de salida y llegada, cuando salía a la compra y qué tiendas frecuentaba. Cada vez me gustaba más su trato amable, en absoluto forzado. Su voz clara aterciopelaba mis oídos y su respiración emanaba un halo de perfume que embebían mis fosas nasales. Su mirada limpia barría las dudas que mis ojos creaban y su elegancia al caminar cosquilleaba mi estómago.

        No tuve valor de insinuar, si quiera, que tomáramos un café o paseáramos por el parque del barrio, tal era el miedo al rechazo por su parte que tenía. Buscaba la fórmula de proponérselo sin que tuviera motivos para rechazarme. Me acicalé, busqué la ropa más favorecedora, me corté el pelo a la moda, moderé mi vocabulario, pero seguía sin encontrar las palabras adecuadas para dar un paso adelante en nuestra relación.

        El timbre volvió a sonar. Me había quedado ensimismado contemplándola por la mirilla. Me miré en el espejo de la entrada, me pasé los dedos por el pelo, me ajusté el batín, compuse la mejor cara y abrí la puerta. Ella, con su sonrisa espontánea y su voz angelical me dijo:

- Buenos días Manuel, alguna avería de su baño está produciendo una gotera en mi casa.-

        Me agarré a ese mundano motivo y le dije todo lo que mi corazón sentía por ella. Hoy la contemplo a mi lado feliz y con el sueño tranquilo.


Rabo de lagartija

Despertares





                   Despertar cada mañana
                   con el roce de una flor.
                   Saludar al nuevo día
                   con un rayo de sol del mes de mayo.
                   Respirar el aire fresco
                   de los vientos de la aurora.
                   Saludar con alegría
                   el aroma de las frescas rosas.
                   Abrazar un manojo de hierbabuena,
                   respirar el aroma del tomillo fresco,
                   escuchar el canto alegre
                   de las aves al amanecer.
                   Gozar del despertar cuando el sol
                   empieza a clarear en las montañas.
                   Sentir el viento fresco
                   que nos hace despertar y revivir.
                   Y saludar a la fauna que nos despierta
                   anunciando que volvemos a vivir un nuevo día.

Trotamundos

Libertad sin ira... libertad






Julián era un hombre inquieto y despegado. Caminaba errante de un lado para otro, con un carro del súper lleno de sus pertenencias y, atados al carro con correas, le acompañaban tres perros haskins, tan sucios y desaseados como el propio Julián. Olía mal, daba pena verle pero él caminaba indiferente ocupando toda la acera, como si fuera el amo del mundo.
Un día, la policía le detuvo. En el barrio por donde merodeaba, a los vecinos les molestaba verle sentado en las aceras, dando de comer con las manos a los perros mientras él comía  de la misma comida. O cómo después, se metían en el jardín y dormían todos extendidos sobre el césped. En fin, que a Julián le gustaba el barrio y lo utilizaba como su casa, y los vecinos cansados de sus “desafueros” y falta de urbanidad,  le denunciaron.
Él se resistió, y gritó que aquello era una injusticia, que él no se metía con nadie, pero no le sirvió. Le llevaron a la comisaría y Asuntos Sociales se hizo cargo de él.  Ellos querían  ayudarle, protegerle, le decían aquellas cacatúas. Deberías alojarte en el albergue, pero claro los perros…no, no podía quedárselos ni sus enseres tampoco, le dijo la joven que le  hacia la ficha.
A Julián ya se le había  pasado el susto y enfadado les gritó! Pero qué os habéis creído vosotras, que me vais a reformar a mí! Pero si me escapé de casa a los quince por no aguantar las órdenes de mi padre, y he llegado hasta aquí, trapicheando o trabajando en algún momento de flaqueza. Quizás se os ocurrió que yo cambiaría mi vida de libertad por una ducha, un jergón y los ronquidos de tantos piojosos almacenados, como tenéis albergados. ¡Ca, no Sr. Esa vida no es para mí!
Mira niña, la dijo a su interlocutora, pude volver a casa, mi madre me lo suplicaba y yo lo sentía por ella, pero mi vida es el camino. He recorrido España con mis perros y mi mochila, siempre ligero de equipaje. No hay monumento, o sociedad que no conozca. Mi vida es mirar y admirar y mis ojos, están llenos de bellezas inconmensurables, nada como dormir mirando al cielo, entre el calor de mis perros. Claro que a la vez, he visto todas las miserias del infierno y eso sin alejarme mucho.
Cuando la nieve o el agua arrecian, y me obligan a resguardarme entre lo que vosotros llamáis “la escoria de la sociedad” en los túneles o sótanos, estos están a rebosar de enfermos y heridos lacerados, muriéndose a cachos, pero a esos no los ven, y no los denuncian, así que vosotros tampoco les ayudáis. Pero a mí, que no quiero nada de nadie, que con mis perros nunca paso frío, que sé donde darles de comer y ellos cuidan de mí igual que yo cuido de ellos.
Que los vecinos de este barrio me han denunciado, pues vale, me largo de aquí y en paz. Ud. no se preocupe de mí, que yo estoy bien.
Sabe lo que les sucede a estas gentes, que tienen (y sonríe sardónicamente) miedo, miedo de mí se entiende. Ellos, todo lo que no sea igual a ellos, les da miedo.
No, no crea que es que se compadecen de mí porque carezca de todo, quieren que Ud. me atienda para no verme. Ellos consideran que han triunfado, y su recompensa es vivir rodeados de cosas. Ellos son útiles, sirven a la sociedad. Pero yo soy libre y capaz de vivir por mi cuenta, sin recibir órdenes, ni seguir las normas que la sociedad impone.
A mí que más me da que estos escrupulosos vecinos se pasen el día trabajando malhumorados, para ganar más y tener tantas cosas. Yo paso, no los necesito ni a Ud. tampoco.

Y Julián salió, cogió sus bártulos, los perros le rodearon dando saltos de contento y desaparecieron doblando la esquina. 

Quirón        

Sin palabras





                Me he sentado frente a la mesa de trabajo dispuesta a tomar el cuadernillo que descansa sobre ella, y al abrirlo, ante mis ojos ha aparecido la blanca hoja de papel. Es como una amiga inseparable que deja que deslice sobre ella mis pensamientos. No tiene líneas que me obliguen a escribir en una dirección, ni tampoco cuadros para encerrar las palabras. Está abierta a la libertad del pensamiento. En silencio percibe el movimiento del bolígrafo que va dejando  una estela de signos húmedos que refrescan su seco cuerpo de ahora, lleno de savia en otro tiempo. Después, cuando ya no percibe roce alguno, me devuelve las palabras escritas para que con mi voz la hable y le haga comprender lo que encierran cada una de ellas.

            Después de unos minutos de silencio,  retomo la escritura. Sobre la hoja de papel las palabras odio y venganza se han teñido de negro, y una interrogante se dibuja en ella. ¿Por qué el odio y la venganza han nacido entre vosotros? La pregunta surgía de la hoja de papel, quien se rebelaba  ante el horror que se desprendía de aquellas palabras. Ella había tomado forma queriendo comprender lo que no era comprensible. Durante unos instantes me quedé  pensando cómo explicarle la estela de muertes, que a su paso van dejando  aquellos que practican la violencia contra quienes no piensan como ellos. Sin saber por qué, me puse en pie. Sentía la necesidad de tomarme un tiempo para coordinar las  ideas. Sin dudarlo me encaminé en dirección a la ventana, y al abrirla una ráfaga de viento se coló dentro de la habitación. Aspiré profundamente, necesitaba sentir el aire fresco en mi cara, mirar las hojas amarillentas de los árboles, que hablaban del otoño. Sin cerrar la ventana, me dirigí de nuevo a la mesa tomando de nuevo el bolígrafo, pero este permanecía en silencio. Sobre la hoja de papel se dibujaba un círculo humedecido, era como si  una lágrima quisiera cubrir a aquellos, que sin querer, se habían cruzado con quienes  justificaban sin justificación sus terribles acciones.

Mi cuadernillo y yo nos habíamos quedado sin palabras…

I R I S


Cuando la mente se nubla





                   En ocasiones hay borrascas en la mente.
                   Hay sombras que  no te dejan pensar.
                   Ni el silencio te hace ver las cosas claras.
                   El esfuerzo no sirve de nada, todo vacío.
                   Cuanto más esfuerzo, menos lucidez.
                   El tiempo se pasa y no llegan las palabras.
                   Es intentar andar y no mover los pies.
                   Meter las manos en agua y no mojarse.
                   Respirar y no tener suficiente aire.
                   Querer tocar las cosas y no asirlas.
                   Intentar hablar y no pronunciar las palabras.
                   Mirar las cosas y no sentir que las miras.
                   Desear abrazar las cosas y no hallarlas.
                   Y Te sientes triste y no reaccionas.
                   Y el sueño llega y no duermes.
                   Y el agua no apaga la sed de tu alma.
                   Hasta que llega un amigo de verdad,
                   y te despierta del letargo y la soledad.


Trotamundos

jueves, 19 de noviembre de 2015

La escultura





       La cola llegaba hasta la esquina del edificio. Debía ser buenísima la obra que se exponía en el museo. Me habían hablado de un autor que esculpía con la imaginación sus trabajos. Por fin llegó mi turno, enseñé mi entrada y me introduje en el mundo de la escultura vanguardista.

        La dejé sentada en su butacón, con todas las cosas que pudiera necesitar a su alcance. El último ciclo la había dejado extenuada y no tenía ganas ni de comer ni de moverse. Yo necesitaba respirar el aire de ese día otoñal. La casa se me caía encima. Llevábamos muchos días encerrados en ella.

        La primera sala estaba dedicada a representaciones mitológicas. Seres amorfos con títulos de dioses y leyendas griegas. Había que echar imaginación para visualizar en nuestra mente una figura que representara realmente a ese mito. Me resultó curiosa la sala.

        A Marga le habían detectado un tumor en el pecho. Pruebas, punciones, biopsias y, finalmente quimioterapia agresiva para tratar de reducirlo. Los primeros ciclos acabaron con su pelo, sus defensas y con su espíritu de lucha. La melancolía y el pesimismo anidaron en su mente. Nada le interesaba de las pequeñas alegrías cotidianas que habíamos forjado durante nuestro largo matrimonio.

        Subí una escalera de mármol y florituras en los pasamanos y alcancé la primera planta. Allí el escultor nos reflejaba todo un mundo floral. Árboles, plantas, flores y raíces proliferaban en una amalgama de pedruscos sin forma homogénea, en las que por el título, discernías lo que quería representar.

        Alguien me indicó que en un hospital estaban probando un nuevo medicamento, aún sin homologar, en el que a la mitad de los pacientes le aplicaban el nuevo fármaco, y a la otra mitad le daban un placebo. Todo ello sin que los pacientes supieran a quien le daban una cosa u otra. Agarrándonos a esa última esperanza, solicitamos la admisión a esa nueva prueba.

        Harto ya de estrujar mi ingenio para encontrar cualquier parecido con la realidad, subí el último tramo de escalera, expectante por que, al fin, en mi inculta imaginación, viera a primera vista el sentido de alguna pieza expuesta. Esta planta estaba dedicada a figuras humanas que representaban acciones de la Naturaleza. La primavera, la tormenta, oleaje, etc. En el centro de la sala había un busto de mujer, sin cabeza, llena de agujeros que, según su título, era un “amanecer tranquilo”.

        Ayer fuimos a los resultados finales de la prueba del nuevo fármaco y nos indicaron que en unos días nos llamarían por teléfono uno a uno, para indicarnos si había sido efectivo o no el nuevo tratamiento.

        Por más vueltas que le di a la figura, no llegaba a descubrir por qué la había denominado así. Estiré el cuello y lo miré desde todos los ángulos posibles. Finalmente me puse de cuclillas y, de repente, lo descubrí. A través de los agujeros se filtraba una tenue luz que emergía en el que estaba ubicado en el pecho de la figura.

        Cuando llegué a casa, encontré a mi mujer revolucionada y con energías renovadas. Con voz entrecortada me contó que habían llamado del hospital y que el tumor había desaparecido. El medicamento daba resultados y le habían asegurado que las secuelas del tratamiento eran muy inferiores a las que los fármacos tradicionales producían. Comprendí que hay que tener tesón y espíritu de superación ante las pruebas que la vida te va poniendo.


Rabo de lagartija


El cantar de otoño





                            Resonaban las hojas secas
                            al pisar en el sendero,
                            como teclas de piano en el coro
                            alertando del invierno venidero.

                            Cubierto estaba el sendero
                            de tonos de mil colores,
                            con hojas de mil formatos
                            con hojas de mil amores.

                            Alfombra multicolor
                            que se crea cada otoño,
                            y el árbol queda desnudo
                            hasta que llega el retoño.

                            Y el aire mueve las hojas
                            y las junta y las conduce,
                            y luego llega la nueve
                            que las cubre y las reduce.

                            Esta alfombra de sonidos y colores
                            cada año nos deleita en la otoñada,
                            caminando sus sonidos nos recuerdan
                            que quizá nos llegue pronta la nevada.

Trotamundos