domingo, 17 de marzo de 2013

Secuencias


        
       Hay momentos vividos en un tiempo de nuestra vida que se almacenan en nuestra memoria y quedan olvidados, hasta que un día, de forma inesperada,  recobramos los recuerdos de un pasado ya lejano.

         Durante un tiempo, cada mañana, camino de mi trabajo me cruzaba en la acera con una vieja pareja. La mañana se presentaba soleada y fría. Yo caminaba rápidamente y apretaba el abrigo contra el cuerpo, para mitigar el frío que se filtraba hasta los huesos. Al pasar junto a ellos observé cómo cubrían sus cuerpos con abrigos descoloridos, atados a la cintura con una cuerda. Las manos las cubrían con guantes de lana dejando los dedos al descubierto, para facilitar la recogida de cartón y pequeñas cosas que encontraban en los contenedores de la calle. Día a día los veía en la misma calle, y me había acostumbrado a su presencia.

         Aquella mañana, al cruzarme con ellos, algo llamó  mi atención con mayor interés que otros días. Observé como ella esta apoyada sobre el coche aparcado junto a la acera, y a su lado la carga que su diminuto cuerpo había transportado. El hombre estaba junto a ella y acariciaba su mejilla. En el rostro de ella se dibujaba el dolor y sus ojos se empañaban con una lágrima. Pasado un tiempo, el hombre rodeó la cintura de ella con su brazo ayudándola a incorporarse para seguir el camino de regreso a casa. Se alejaron lentamente del lugar, dejando en el suelo el hatillo de cartones y pequeñas cosas.

         Durante varios días no volví a ver a mi vieja pareja, lo que me hizo pensar que algo no marchaba bien. Pero una mañana los divisé a lo lejos y mis temores desaparecieron. Según me aproximaba a ellos, observé en el rostro de ella una sonrisa. Sus mejillas estaban ligeramente sonrosadas. Pasaron junto a mí y me miraron en silencio, para después alejarse muy juntos uno al lado del otro, llevando cargados a sus espaldas el hatillo de cartones y pequeñas cosas.

         Han pasado ya varios años de este momento vivido. Hace unos días, otra pareja se cruzó en mi camino. Pero esta vez no era cartón ni pequeñas cosas, sino que estaban metiendo las manos en busca de los restos de comida que un supermercado había dejado en un contenedor de basura, situado muy cerca del establecimiento.

         Mientras me alejaba del lugar, no dejaba de pensar en la vieja pareja y el estado de pobreza que los levaba a buscar los restos que se encontraban en el contenedor de basuras.

Iris

Los pilares de la tierra se rebelan


       
 No es que la tierra se esté resquebrajando ni que pueda llegar otra gran explosión. Lo que sí puede ocurrir es un cambio total en la forma de comportamiento humano a la hora de tomar decisiones de gobernabilidad, ya que los pilares están aguantando más de lo que es razonable. Y ahí está la razón de la razón.

        En España hay 6 millones de pilares que se rebelan contra todos los gobernantes, sea cual sea su ideología, y que, por la causa que sea, no han acertado a poner las cosas en su sitio y por eso, se tambalea la gobernabilidad con la que, hasta ahora, se ha estado ejerciendo.

        Los pilares aguantan y aguantan. Pero cuando ya no se puede más, todo se derrumba. Y cuando hay derrumbe, a todos les hace daño, sea la clase que sea, porque los pilares lo peor que aguantan es la carcoma. Esa que no para de roer y roer, que apenas hace ruido, pero que acaba con todo y entonces el imperio se viene abajo. Son muchas las carcomas, las termitas, los topos y pájaros carpinteros que atacan los pilares, sin pensar en el mal que hacen, y cuando llega el antídoto, el gusano muere pero el mal ya está hecho.

        Más de 6 millones de pilares, y otros muchos millones de soportes y estructuras, están temblando ante la cantidad de pájaros carpinteros, que frecuentan lugares tan apetitosos para llenar sus barrigas, con el amparo de aquellos que se creen dueños de algo, que pertenece a todo un pueblo. Un pueblo que un día les dio su confianza, y que poco más tarde vieron cómo la confianza se tornó en desencanto y en fraude, por la falta de vergüenza y honestidad con los que un día les pusieron en tal lugar.

        Los pilares ya se tambalean. Ya no está claro el plomo que les hace tan fuertes y resistentes. Hoy los pilares ven con recelo por la izquierda, por la derecha, por el centro, por delante y por detrás. Y el susto es tan grande, que ya se parece a la Torre de Babel.

Trotamundos

miércoles, 6 de marzo de 2013

La caja de la cera



SI TÚ ME AYUDAS, YO TE AYUDO.
SI TÚ ME APOYAS, YO TE APOYO.
SI TÚ ME COLOCAS, YO TE COLOCO.
SI YO ENGORDO, TÚ ENGORDAS.

         Todos en la vida sufrimos mucho para llegar a lo alto. Gracias a los apoyos que cada día tenemos de personas que nos dan su confianza, logramos que todos seamos más felices. Eso sí, unos más que otros.

Hay personas que se pasan el mes con 600€ y otros con 700€, y son felices y no se quejan como otros, que ganan 2.000€ y más y que, además, no paran de protestar por todo.

Si algunos supieran lo difícil que es gobernar, no darían tanto la lata. ¡Qué sabrán ellos de las cosas que pasan dentro de un gobierno!

Tantas bocas que tapar, tantos favores que pagar, tantas promesas que cumplir. Anda que no es difícil tener contentos a tantos y tantas.

Si supieran la cantidad de viajes que hay que hacer, tanto a Bruselas como a La Haya, a Suiza y otros sitios que es obligado realizar para el día de mañana. Porque en la vida hay que pensar en el mañana. Digamos que es como el que hace la matanza para que le dure todo el año.

Lo de estar en la cumbre no está al alcance de todos y eso de subir a lo más alto, hay que pagarlo muy caro. Se necesitan muchos bastones en los que apoyarse, y luego los bastones necesitan cera para que estén brillantes, y según sea el bastón, así hay que darle la cera que necesite. Claro está que hay bastones que cuanta más cera les das, más quieren, y así no hay tantas abejas para producir tanta cera, y un día, la caja de la cera se rompe.

Trotamundos

lunes, 25 de febrero de 2013

añoranzas



La guardia esa noche no estaba siendo especialmente dura. Algún que otro accidente doméstico y atenciones geriátricas. Estuve echado en el sofá de la sala de médicos varios ratos y, aunque no conseguí dormir, tuve tiempo de revisar lo que había sido mi vida hasta encontrarme en esta situación:

            La noche del accidente la pasé en la sala de espera de urgencias del hospital Gregorio Marañón de Madrid. Mis padres luchaban entre la vida y la muerte y yo, con mis seis años, después de ser atendido de simples rasguños, quedé a la expectativa de mi nueva situación civil bajo la custodia de una asistenta social. Por la mañana me llevaron a un centro de acogida de menores del ayuntamiento. Estaba solo en este mundo. Mis abuelos, no los llegué a conocer. Mi padre era hijo único y mi madre tenía dos hermanos con síndrome de Down, recogidos en un centro especializado. Comenzó mi peregrinación por diversas casas de acogida.

            Mi recuerdo es grato para la primera familia que me acogió. Un matrimonio de mediana edad, con cuatro hijos entre los dos y los diez años. Me sentí arropado, aquella casa era todo un mundo en un pequeño espacio. Risas, peleas, llantos, alegrías, penas y, sobre todo, flotaba un ambiente de cariño familiar, de unión, de compartirlo todo. Los guisos que aquella mujer, Manuela, preparaba para su prole, tenían un exquisito gusto amoroso y los aderezaba con la alegría y las ganas de vivir. Nunca me faltó un plato nutritivo en las comidas el tiempo que estuve con ellos. El padre de familia, Emilio, era un trabajador convencido. Pese a las horas que pasaba fuera de casa, cuando llegaba, tenía una sonrisa para su mujer y todos sus hijos, entre los cuales me sentía orgulloso de incluirme. Únicamente el paro fue capaz de echarme de ese hogar.

            Mientras me buscaban un hogar definitivo, donde sería adoptado, todavía pasé por varias casas de acogida. Otra que dejó también una profunda huella en mí fue la de Isidro, separado de su esposa por motivos que nunca comprendí hasta que fui mayor, que vivía con los dos hijos de dicho matrimonio que estaban bajo su tutela. Trabajaba en casa, donde tenía montado su estudio. Era delineante y dibujaba los proyectos que varios arquitectos le mandaban hacer. Atendía el cuidado y la educación de sus hijos a la vez. Compartía la vivienda, que era muy grande, de estas antiguas con unos pasillos infinitos y múltiples habitaciones, con otro profesional liberal, Bernardo, que se dedicaba a escribir libros. Entre ellos notaba yo que había una amistad especial. Comíamos y cenábamos todos juntos como una familia. Ambos eran especialmente sensibles con los problemas de nuestra crianza. Se preocupaban de nuestros estudios, nos inculcaban el espíritu de la limpieza e higiene y nos iniciaban en el trato social educado y de respeto a los demás. Podría haber cuajado perfectamente en ese entorno familiar, si una grave enfermedad llamada SIDA no hubiera entrado en ese hogar.

            Estuve un tiempo en el centro de acogida municipal, compartiendo con otro montón de niños sin hogar esa especie de limbo transitorio entre una casa y otra. Nos impartían clases de cultura, educación corporal, manualidades y hablaba un psicólogo con nosotros, tanto en grupo como individualmente. Pasábamos revisiones médicas, oftalmológicas, vacunaciones y nos echaban una especie de champú en el pelo, para evitar coger parásitos.

            Mi tercer hogar era peculiar. María, una mujer con poliomielitis desde la niñez, madre soltera a los dieciocho años, aunque afirmaba que nunca había salido con ningún hombre, que vivía con su hijo y con su madre en un pequeño pisito. Cobraba una pensión de invalidez a sus veintiocho años y su madre una modesta pensión de viudedad. Fui tratado con cariño aunque también aprendí el concepto de disciplina ya que María era muy exigente en el comportamiento social y religioso. Lo que más caló profundamente en mí fue conocer y disfrutar de la figura de una abuela. Todo lo que la hija tenía de estricta, la madre, Agustina, lo compensaba con la tolerancia, la ternura y el disfrute de nuestros actos infantiles. Siempre tenía un caramelo o unas monedas para chuches que nos daba a escondidas. La repentina muerte de la abuela fue decisiva para mi vuelta al centro municipal.

            Hubo suerte y apenas aterricé en el centro de tránsito, otro hogar estaba disponible para mi acogida. Marcos y Catalina eran una pareja de divorciados que se habían conocido en el baile de los sin pareja y habían unido sus fuerzas y sus hijos para formar un nuevo hogar. Durante el tiempo que estuve con ellos, sólo conseguí convivir con todos sus hijos a la vez en contadas ocasiones. Aquello parecía una agencia de viajes en la que entraban y salían de continuas excursiones sus vástagos. La semana que estaban los de Marcos, los de Catalina estaban con su padre y viceversa. Únicamente en algunos puentes o vacaciones escolares estuvimos al completo. Ello no implicaba ningún desorden en el hogar. Todo estaba calculado, previsto y sincronizado. Los menús se ajustaban por semanas según qué hijos tocaba, la asistencia a clases extraescolares también estaban previstas: Anita, piano, Chechu, baloncesto, Cristóbal inglés e informática e Isabelita, danza. Yo gozaba y disfrutaba de los menús de todos, de los juegos de todos y también, como no, de los castigos de todos. De este hogar mi mejor recuerdo fue la armonía que dentro del caos reinaba. Los afectos fluían por ambos lados y por ende, me salpicaban a mí también. Una crisis económica producida por un incumplimiento de la sentencia de divorcio, en cuanto al pago de la pensión alimenticia, hizo que mis maletas aparecieran de nuevo en mi base transitoria.

            Mi última casa de acogida me sorprendió enormemente. Felipe era subsahariano nacionalizado español. Profundamente negro de pigmentación, que al principio me asustaba, aunque me ganó su sonrisa que dejaba asomar unos labios carnosos sonrosados y una dentadura amarfilada que desarmaba todos mis temores. Trabajador incansable que, siempre que su economía lo permitía, mandaba dinero a su familia allá en África. Mirna, en contraste con Felipe, era una polaca de piel blanca y cabellos rubios, mirada dulce, que le había conocido, se había enamorado de su gran humanidad y, al casarse con él, había adquirido también la nacionalidad española, lo que la permitía asegurarse un puesto de trabajo. Realizaba en casa traducciones del polaco al español y viceversa esporádicamente. No tenían hijos comunes pero Mirna aportaba una hija de unos 6 años y, de común acuerdo, habían adoptado a otra niñita china de apenas un añito. Felipe, seguidor del Islam, efectuaba sus rezos diarios en su estera mirando a la Meca, y tenía una visión fatalista de la vida. Mirna, católica practicante, me llevaba a la iglesia los domingos para asistir a la misa. De ambos aprendí que se llame Alá o Jesús, es bueno tener una creencia religiosa que organice tu estructura moral, así como una buena base social que complemente, en la ética y la convivencia, tu relación con los demás seres humanos y la Naturaleza. Desgraciadamente, uno de los múltiples accidentes laborales no previstos se llevó a Felipe a gozar de los jardines llenos de huríes del paraíso islámico. Mi maleta, desgastada ya de tanto traslado, una vez más la llené de mis carencias y volví a compartir ausencia familiar con mis compañeros.

            Pensé que mi vida iba a ser así hasta que cumpliera la mayoría de edad y la comunidad me buscara un medio de trabajo y me emancipara para afrontar la vida en soledad. Cuando contaba ya diez años de edad y mi visión de la vida era conformista, llegó la oportunidad de mi vida. Un matrimonio sin hijos, con una posición privilegiada en la escala social, estaba dispuesto a adoptarme, siempre y cuando cumpliera sus expectativas y pasara el período de tres meses de prueba. Todo el mundo me daba la enhorabuena. ¡Qué suerte había tenido!

            Me recogió un gran coche con chófer uniformado que, tras guardar mi exiguo bagaje en el maletero, abrió la puerta trasera, me invitó a introducirme en el asiento, me colocó el cinturón de seguridad y me trasladó por las populosas calles de Madrid hasta un chalecito de la Colonia del Viso, donde me estaban esperando mis futuros padres adoptivos. Don Rafael Espinosa de los Monteros y Carvajal, médico cirujano, director de una clínica privada, y su esposa doña María del Rosario Sandoval de Mendoza, hija de un gran empresario de alimentación, habían puesto sus esperanzas paternales en mí, dadas las referencias benignas, y posiblemente infladas, que la Consejería de Bienestar Social les había facilitado. Una acogida fría, con unas sonrisas forzadas, una exposición de mis derechos y obligaciones con respecto al nuevo hogar donde iba a vivir, iniciaron nuestras relaciones. Inmediatamente conocí el cuarto de baño asignado para mí, donde me restregaron y restregaron, hasta alcanzar un color rosáceo de piel. A partir de ese momento eché en falta mi querida maleta, compañera fiel desde hacía cuatro años, y todas mis pertenencias personales, aunque pocas eran.

            El Señor no les había concedido hijos, y eso que estaban dispuestos a recibir todos los que les mandara. Su situación matrimonial no era buena, a pesar de las apariencias cara al exterior, por lo que pensaron que con la adopción de un niño darían estabilidad a su hogar y acallarían las murmuraciones que empezaban a levantarse. Habían mirado con lupa mi “pedigrí”. Padres españoles, casados por la Iglesia Católica, sin vicios conocidos ni enfermedades transmisibles y, por supuesto, el informe médico referido a mí. Pasaron los tres meses y no debí de comportarme mal, puesto que legalizaron mi adopción. En el Registro Civil me inscribieron como José María Espinosa de los Monteros Sandoval, antes García Morales.

            Mi vida fue programada desde el primer día. Proseguí mis estudios de primaria y secundaria en el Colegio Tajamar, donde me enseñaron todas las materias comunes y un conocimiento profundo de la religión católica. No fui un niño destacado ni para mal ni para bien, aunque obtuve mi graduación con los demás compañeros. La asistencia a Misa era obligatoria, así como a ejercicios espirituales y convivencias en casas de la Obra. Por expreso deseo de mis padres, ingresé en el CEU San Pablo para formarme como médico y así, poder continuar un día los pasos de mi bienhechor adoptivo. No puse objeciones ya que no me disgustaba orientar mis estudios en la sanidad, siendo además una carrera vocacional en la que la finalidad era mejorar la calidad de vida de las personas, así como tratar de curar enfermedades y luchar día a día contra la muerte prematura. Una vez terminada la carrera, me tenían preparado el MIR en la clínica privada de mi padre, a lo cual me negué rotundamente. Quería conocer la lucha diaria en un hospital público, donde enriquecería mis conocimientos con toda clase de enfermedades comunes, accidentes y, sobre todo, con el trato con pacientes a los que no había que llamar Don fulanito o Doña menganita y poder escuchar sus sencillas historias familiares, sociales y morales. Me he emancipado económicamente de mis padres y vivo en solitario mi futuro en un piso alquilado, compartido por dos compañeros más.

             He recibido un trato exquisito de mis padres adoptivos, humano, severo y disciplinario, que ha formado mi espíritu competitivo y luchador. Mi carácter, no tiene nada que ver con ellos. Me han dado todo lo material que necesita una persona para su formación. También han influido en lo religioso, aunque más en la teoría que en la práctica. Sé que todos esos hogares de tránsito, con sus peculiaridades, sus defectos, sus carencias o sus riquezas emocionales han ido llenando de sentido mi filosofía de la vida, han provocado lo que soy hoy y me dejan entrever lo que quiero ser mañana.

            El pitido del busca me avisa que un nuevo paciente precisa de mis atenciones como interno de urgencias en el hospital Gregorio Marañón de Madrid. Un accidente de coche con una pareja de novios afectada gravemente. Mi lucha es sacarlos adelante y que puedan tener un futuro como matrimonio y como padres.

                                   Rabo de lagartija   


lunes, 18 de febrero de 2013

Trovas


Cómo se atreve a tanto un pie que, si no miente, pesa,
sube y baja, sube y baja, no cesa de saltar, subir y bajar.

Hueles a corazón de trigo y era. Suenas a nido, suenas a sonido.
Sabes no sé a que sabes y he sabido que nunca he de saber lo que quisiera.


Miras como los ojos del relente, fríamente, febril y distraída,
Entre flores y frutas la mirada.

Hablas como el silencio de una fuente, calladamente,
y andas por la vida temerosa de flechas y de nada.


Yo te libé la flor de tus mejillas y desde aquella gloria yo te añoro.
Toda la creación busca pareja, se persiguen los picos y los huesos.

Un millón de estrellas relampagueaban por los desiertos azules del cielo.
Cayeron las estrellas del cielo y yo, que soy polvo de estrella, qué presumo.


A voz en grito se escucha el silencio de los páramos, resonando en la bóveda celeste, tal es su soledad, tal su aterradora grandeza.


Quirón

martes, 12 de febrero de 2013

Redefinir lo normal


“Redefinir lo normal hacia abajo”, fue lo que se hizo en EEUU, según escribió en 1993 el senador demócrata Daniel P. Maynihan, en un famoso artículo académico. De forma que ahora, lo normal incluye conductas antes consideradas inaceptables. E Íñigo Barrón, el 21 de enero, compuso un asombroso artículo: “El Gobierno cambiará la ley para que condenados puedan dirigir entidades”. Lo normal al estar condenados. Por lo visto para ellos “los ladrones son gente honrada” y los corruptos también. Lo espeluznante empieza a ser habitual.

Los ciudadanos nos imaginamos que sí, que los sobres existieron, pero que ni el que pagó los sueldos, ni el que los cobró, ni el que recaudó el impuesto revolucionario pasarán ni un solo día en la cárcel. Es lo normal. Los políticos son corruptos, qué le vamos a hacer, se dice la gente ante la impunidad, frustrada, sin otra alternativa que votar a los otros, en los que tampoco creen. Esta es una consecuencia más del envilecimiento que ha supuesto la burbuja inmobiliaria y el daño que ha hecho a nuestras instituciones.

En febrero de 2012 Florentino Ferguroso,  dijo: “La burbuja ha hecho bajar el valor de los estudios, con la consiguiente subida en el abandono escolar, dejando a muchos jóvenes sin la formación necesaria en el mundo de hoy”. Si tan importante ha sido el impacto sobre el capital humano, ¿no lo ha sido menor para las instituciones?

Tras la campaña catalana y el caso Bárcenas, parece clara la corrupción relacionada con el boom inmobiliario, al que siempre vimos cómo pasaba en algunos ayuntamientos costeros. Mientras, muchas personas que nos parecían por encima de cualquier tentación criminal, parecen comportarse como vulgares mafiosos. Si los corruptos y demás criminales no reciben castigo, ¿qué disuadirá a los que planean estas actividades a llevarlas a cabo? Las consecuencias pueden ser brutales.

Volver al crecimiento económico requiere que las instituciones funcionen. Necesitamos instituciones “inclusivas”, robustas y bien diseñadas que, en lo económico, garanticen el derecho de propiedad, la ley y el orden, el acceso a la educación y la sanidad pública, y la importancia de restricciones y controles sobre la arbitrariedad de los políticos. Todo esto es necesario para que los ciudadanos puedan tomar decisiones a largo plazo, para poder ver las consecuencias, sin miedo a que el poderoso de turno se las apropie.

La corrupción no sólo sucede en España. Pero sólo en países subdesarrollados o en vías de desarrollo se dan estas conductas, sin temor a pisar la cárcel. Los gobernadores de Illinois más recientes no estaban peor que los peores políticos españoles. Pero el fiscal del Estado los acusaba, un jurado popular los encontraba culpables y fueron a parar con sus huesos a la cárcel. El último, Rod Blogojevit, ha sido condenado a 13 años de cárcel, “por dar contratos a amigos a cambio de dinero, vacaciones pagadas y mentir al FBI” ¿Cuántos políticos españoles cumplirían esa definición?
            En España hay muchísimos profesionales brillantes de primera línea mundial. Gente que hace bien su trabajo, que se deja la piel, que cumple. Pero esta corrupción sin castigo desmoraliza a los que trabajan, a los que cumplen, a los que pagan, pero mucho más a quienes no pueden trabajar y se han quedado sin nada.

Tanta corrupción daña peligrosamente el crecimiento económico y la salida de la crisis. El País no debe tolerarlo más. ¿Qué hacer? Primero, nuestro sistema es absurdamente garantista. Recuerden la decisión de la Universidad de Sevilla por la que no se podía expulsar a un estudiante en un examen, al que le pilló el profesor copiando. Segundo, las asociaciones profesionales de jueces han politizado mucho la profesión. Esto hace que haya que tener pruebas muy contundentes para condenar a nadie y más si son políticos. Y tercero,  hay que objetivizar los indultos (el conductor suicida con conexiones) y el tercer grado (el alto cargo del PP condenado en Cuba).

Finalmente muchos jueces “no dan palo al agua” y esto es un secreto a gritos (aunque los hay que trabajan 12 horas diarias). Desgraciadamente va a ser necesario obligar por ley a los jueces a ir a la oficina 6-7 horas al día. Sí, fichar, y no de martes a jueves y de 10 a 14, como muchos hacen ahora. “Y conste que no me llevo trabajo a casa ningún día”, comentaba una jueza amiga recientemente.

Si la justicia no funciona, si no es capaz de hacer su trabajo, de hacer cumplir la ley, el país no tiene arreglo.


Este extraordinario artículo está escrito por Luis Garicano el 27 de enero y tiene un espíritu librepensante. Como a mí me gusta. Su lectura ha provocado en mí, “librepensadora en zapatillas”, la osadía de resumir su texto, libremente. Espero haber respetado ese espíritu.

                                                           QUIRÓN      

8 DE MARZO DÍA INTERNACIONAL DE LA MUJER



El 25 de Marzo de 1867, más de 140 jóvenes trabajadoras (la mayoría inmigrantes), murieron en un trágico incendio en una fábrica de textil en NUEVA YORK, por defender sus derechos.

A partir de 1911 se empezó a celebrar el Día Internacional de la Mujer Trabajadora.
                                       
En Europa  se pasó a celebrar el 8 de Marzo. En esos años a las mujeres se les impedía hablar y más aún defender sus derechos, pero nosotras, las mujeres, hoy podemos utilizar la palabra. Unas hablarán en escenarios, otras en la calle y siempre tendremos la voz muy alta para exigir igualdad  entre hombres y mujeres.

En otros continentes, por desgracia, están todavía sufriendo muchas vejaciones,  siempre sometidas a unas costumbres perjudiciales para ellas, desde niñas (o mejor dicho desde que nacen), están destinadas a trabajos de todo tipo, en muchos casos son obligadas  por  sus propios  padres y maridos. Las mujeres  son las que tendrán que empezar a prepararse culturalmente y nosotras las europeas colaborar para que todo vaya mejor. Todavía hay mucho por hacer en el mundo para conseguir que todas las personas vivamos con dignidad e igualdad.

                        DISFRUTEMOS DEL DÍA ¡¡¡¡      

Virpana