sábado, 24 de enero de 2015

Abuso de poder





            Las siete de la mañana. Sonó el despertador y me levanté sobresaltada. Me había acostado tarde, leyendo como siempre sin tener en cuenta que me esperaba una entrevista de trabajo. Me duché, me lavé el pelo y me lo arreglé con cierto esmero. Quería causar buena impresión.

            A ver si tengo suerte, me dije. Llevaba un año en el paro, y era la primera entrevista a la que asistía. Me vestí arreglada pero informal. Pantalón vaquero, camisa blanca ( a mí me favorece el blanco), y una americana roja que me daba un aspecto juvenil.

            Sin pretenderlo, estaba emocionada, y la felicidad que me producía esta entrevista hizo que me olvidara, por un momento, de la amarga rebeldía que tuve meses atrás cuando me quedé en el paro.

            Levaba diez años trabajando en la empresa y estaba contenta, a la vez que lo estaban conmigo. Un buen día entró un chico joven, sobrino del jefe, para ser nuestro encargado. Tenía cierta arrogancia y aires de grandeza y, como se sabía guapete, no hacía más que perseguir a las empleadas. Algunas le bailaban el agua y él, creído, intentaba sacar lo que podía de cada una. Pero conmigo pinchó en hueso. Si hubiera accedido a sus pretensiones, se hubiera extendido un puente por el cual me había llevado a ser la encargada de una sucursal que pensaban abrir en breve. Pero como me negué, todo se volvió en mi contra.

            De la noche a la mañana me anunciaron que, sintiéndolo mucho, mis servicios ya no eran necesarios en esa empresa, y que ello hacía que prescindieran de mí. Salí a la calle con lágrimas de rabia y de impotencia. Diluviaba, pero la lluvia mojaba mi cabello y mis ropas sin que apenas me diera cuenta. Todo era surrealista. Había dejado diez años de mi vida trabajando con honestidad en una empresa en la que me consideraban como de la familia, hasta que llegó el sinvergüenza aquel, un niñato sin escrúpulos, que hizo tambalear mi estabilidad económica y emocional.

            En este año de inactividad me dediqué a visitar antiguos amigos, que por falta de tiempo hacía mucho que no veía. Me reciclé en el inglés, que lo tenía un poco olvidado. En fin, que cargué las pilas para no quedarme atascada. Y ahora había llamado a mi puerta. Claro que no iba a tener tanta suerte como, que a la primera, me aceptaran. Pero yo no perdí la esperanza.

            Llegué al domicilio. Una secretaria muy amable me atendió y me indicó que pasara a un despacho, y cual fue mi sorpresa al ver que la persona que me iba a entrevistar era una antigua compañera de trabajo, que había corrido mi misma suerte. Elvira, que así se llamaba esta persona, estaba desahogada económicamente y había montado su propia empresa y pensó en mí como candidata al puesto. La entrevista resultó satisfactoria, dado que Elvira sabía cómo trabajaba.

            A primeros de mes empiezo a trabajar. Estoy ilusionada y orgullosa de mí misma, al no haber transigido con las pretensiones del cerdo de mi encargado. Una gran lista de clientes antiguos, que Elvira se había traído consigo de la empresa, nos ayudaría a empezar en este nuevo proyecto que se abría ante nosotras.


Luna

Vacaciones






Llevábamos  una temporada proyectando un viaje  unos amigos y yo, que nos conocíamos desde estudiantes. Nos reuníamos en un café de la ciudad los domingos, y hablábamos de nuestras experiencias. Intentando  ponernos de acuerdo, una tarde nos reunimos todos.  Ese año queríamos ir todos juntos de vacaciones, ¿dónde?  Eso era  lo que teníamos que hablar.

Marcos  era gallego, recordaba la lluvia de la mañana, que le despertaba después de una noche de profundo sueño. Así, poco a poco, empezamos todos  con nuestros  recuerdos y proponiendo donde pasar esos días juntos.

Con honestidad tengo que decir que el grupo iba poniendo una cara de felicidad, cada momento sentíamos las vacaciones más cerca.

Ángeles, con una voz muy tímida, dijo que cuántos días pensábamos estar, ella solo podía ir en un puente,  su jefe no la daba más días extras, pues había agotado todos. En ese momento el grupo se descontroló un poco y,  con rebeldía,  alguna dijo: - No empecemos a divagar. ¡Vamos a ver!, ¿QUEREMOS VACACIONES O NO? -

Yo, callada, me estaba  reservando mi aportación,  creo que voy a tener suerte pensé, cuando se calmen les voy a hablar de mi pueblo. Les dije: - Si a todos os gusta  pasar unas vacaciones en un pueblo Castellano Manchego, yo  tengo el mío con una casa que no es muy grande pero cabemos todos. Os puedo enseñar todo lo que tiene de interés. Os  contaré  como hicieron  el puente de  la AMISTAD. Es de piedra, con tres ojos y uniendo dos calles principales.   Desde arriba se ve el reloj de la  iglesia, que el sol le ilumina todo el día,  también una torre que hicieron  los árabes, que nosotros la llamamos LA TORRE TOLANCA, que está situada en lo más alto del pueblo, rodeada de grandes olivos que bajan hasta los prados. -

            - Tiene muchas más cosas para pasar buenas vacaciones, que iríamos viendo sobre la marcha. Toledo capital está muy cerca, y ahí podemos pasar mañanas enteras disfrutando de todo el arte Mudéjar. ¡Bueno, qué pensáis! Creo que estas vacaciones serían ideales para nosotros. -
                                                                                                                           
Virpana







Cuídate sin excesos





            Mucho se ha hablado sobre la bulimia y la anorexia. Pero sin llegar a esos extremos, creo que las personas estamos demasiado obsesionadas con nuestro físico, y eso hace que no veamos que a veces ponemos en peligro nuestra salud.

            Como podemos tener esa rebeldía de no aceptarnos tal cual somos, y querer ser todos altos y delgados, ¿es qué si así fuera, tendríamos más felicidad y viviríamos mejor? Seguro que encontraríamos otro motivo para no estar a gusto con nosotros mismos.

            Claro que hay que cuidarse, eso todos lo sabemos, pero por favor, sin llegar a extremos de arruinar tu vida por el simple hecho de tener una talla más o menos, y no me refiero sólo a jóvenes, también las menos jóvenes hacemos tonterías por conseguir ser más perfectos físicamente.

            A veces, en noches de insomnio, me levanto de la cama y miro a través del cristal de la ventana. Cierro los ojos e imagino una menuda lluvia que me produce un sosiego interior y me hace sentir más abierta a entender las miserias de los demás, y comprender por qué ciertas personas valoran en exceso el físico. Con honestidad creo que si tienes la suerte de tener una vida plena, se podría abrir un puente entre lo que es el aspecto físico, y los valores humanos, y ver que ambos son necesarios y compatibles, sin tener que jugarse la salud.


Blanca

Rebeldía con honestidad





Es posible que en la vida todo ser viviente busque, desee y espere la felicidad, esa palabra abstracta que tanto se pregona y tan poco consigue, ya sea por nosotros mismos, o porque el mundo lo han hecho así.

         Honestidad tiene una gran relación con la felicidad. Si se es honesto, puede que eso te ayude a ser feliz. La lluvia, en ocasiones, nos da la felicidad y en otras nos lleva a la rebeldía, si por un casual nos conduce a buscar un puente para cruzar el caudal que dicha lluvia ha provocado y que, si tenemos suerte de encontrar dicho puente, nos llene de felicidad cuando logremos nuestro deseo. Y hay que tener honestidad para reconocer que las cosas no están hechas por que sí. Están hechas por y para el bien de todos. Unos con más y otros con menos suerte, pero lo importante es que seamos honestos y la rebeldía la usemos en los momento oportunos y, que además, sea en bien de muchos, no para el capricho de uno mismo o de unos pocos, pues el mundo no es de nadie y es de todos, aunque en la vida real tengamos que aceptar cosas que no nos gusten nada, pero que eso ocurre en todos los niveles y en todos los lugares donde se cuecen habas.


Trotamundos

Una ruta animada por la memoria





Caminábamos deprisa felices y contentos por la vereda de la poderosa umbría izquierda del río. Allí donde los altos copetes  de las serradas  rocas de las hoces se convierten en obeliscos  y capiteles, que acogen en sus rocas abiertas a decenas y decenas de enormes buitres leonados, que planean sobrevolando el Duratón,  en el meandro que forma la meseta, en el brazo norte en el que se asienta la iglesia románica de la Virgen de la Peña.

                Cada fin de semana, esa zona se llena de visitantes a causa del fascinante espectáculo de tantos animales  sobrevolando  majestuosos la zona, que son contemplados con admiración por chicos y grandes. Es un espectáculo gratuito a las diferentes miradas que las contemplan, junto a otras muchas bellezas naturales que se pueden encontrar en esta villa condal.

Pero volvamos a los parrales de la izquierda del río. Según nos adentrábamos, el camino se hacía por momentos más arisco y complicado. No había camino, estaba todo enmarañado, lleno de maleza de zarzas, los chopos, que siempre fueron la vegetación arbórea plantada para madera, ahora yacían por el suelo atravesando todos los espacios, lo que nos impedía caminar disfrutando. Mi ánimo decaía. Qué lastima, nunca estos espacios estuvieron así. La rebeldía por la desidia y el descuido me dio fuerzas para seguir avanzando.

 ¿Cómo es posible que estos hermosos parajes estén tan abandonados? Menos mal que a los chicos las dificultades les aumentaban el afán la aventura, y andaban más contentos que unas pascuas. Iban abriendo camino con unas grandes varas, que cogieron del suelo - Anda abuela – dijo Juampi, - que con el hambre que se nos está abriendo, te vas a arruinar pagando el cordero -. - Y que lo digas -, contestaron los demás guaseándose de mí, - y si no, que hubiera venido antes ella para averiguar donde quería meternos. -
Para ser una zona protegida por el  SEPRONA está hecha un asco. Cuando yo era pequeña estos prados eran de pastoreo, estaba lleno de caballos, vacas, ovejas, cercadas con valla de alambre y el camino estaba limpio y tan agradable. (Hablaba como si desde la última vez no hubieran pasado 30 años) Las carcajadas eran manifiestas, y yo me decía, menos mal.

                Porque la idea de la ruta izquierda del Duratón fue cosa mía, (quería comprobar si podría hacerla por última vez) y los demás aceptaron encantados, así que: dicho y hecho. A las 9,30 llegamos a Sepúlveda, dejamos los coches bien aparcados, tomamos un tentempié, y emprendimos el camino hacia la Puerta de la Fuerza (trazo de las murallas árabes que se mantiene en pie). Comenzamos la bajada con las debidas precauciones, a mí me embargaba la felicidad al ver a mi gente tan contenta, los chicos bajaban por primera vez por ese pendiente camino y las exclamaciones se sucedían. Le dije al pequeño Alejandro, - llama fuerte  a Daniel – (que se había alejado). Le llamó a voces y claro, el eco allí multiplicaba las voces que daba gusto. Para qué quieres más, todo fueron voces y ecos en ese tramo. Llegamos al puente, lo cruzamos para coger la umbría y seguir la ruta hasta el siguiente puente, que siempre estuvo a la altura de la presa del río donde el edificio del molino. Habíamos pasado dos horas, yo miraba a las alturas y, aunque ya no hubiera ni presa, ni molino, ni puente, aquel era el  lugar, lo había pasado muchas veces, pero sólo estaba el río lleno de troncos. Parecía  que los castores se habían preparado por todo el río infinidad de madrigueras, en lugar de aquello que mi memoria recordaba de forma tan vívida.  Mis nietos querían acercarse y hurgar entre los troncos, a ver si veían castores, y su madre con sorna. - ¿mamá, estas segura que podremos cruzar y subir al pueblo? - Claro que sí, pero ya solo queda el puente  grande de Santa Cruz, y eso equivale a otra hora de camino. -  Aquello se convirtió en una selva llena de peligros. En el suelo se veían agujeros grandes y huecos, por lo que tuvimos que andar todos con los palos y asegurándonos de pisar en terreno firme. Estaba claro que las fuertes riadas del invierno habían sacado la tierra de debajo y además, el río estaba invadiendo los parrales hasta  muy cerca de la pared rocosa de las hoces. Los jóvenes tuvieron que colocarse
estratégicamente para ayudar a los pequeños y a los mayores.

                Estaba aterrada ante los peligros y el agotamiento que les estaba provocando, pero trataba de disimular. Ya se abría la umbría, el camino se ensanchaba después de tres cansadas horas de incertidumbre. Yo sabía que Santa Cruz estaba a la vuelta. De pronto comenzó a llover y los chicos que iban delante avisaron que había un bar en la carretera y que allí nos esperaban. Todos corrieron, solo Jose y yo seguimos caminando bajo la lluvia. Fuimos al servicio, nos lavamos hasta la cara y sentados en la terraza a la sombra, nos repusimos de líquidos y sólidos.  El  dueño del bar nos preguntó si  veníamos de los parrales, - si le conteste -, y le dije lo que nos había pasado y el estado lamentable de la zona. Le pregunté ¿cómo era posible?  - Si quieres que te conteste con honestidad, te diré que todas las rutas del río han sido abandonadas, por la gran extensión de terreno. Lo  único que mantienen a pleno rendimiento y a bombo y platillo, es la zona del pantano, porque les da dinero. Han montado un complejo para rutas sobre el agua, con lanchas que salen por la noche. Se acercan a las cuevas de los Siete Altares que tienen pinturas rupestres. Todo  lo demás, ni lo cuidan, ni dejan meter animales como se hizo toda la vida. Pero oye, tus nietos lo han pasado bien. - He, bueno ya sabes, para ellos este día ha sido pura aventura, - le dije a Juan. Después cogimos caminito arriba. En la plaza  entramos en el figón de Ismael,  que nos dio de comer cordero asado que, de verdad como siempre, estaba riquísimo y me costó un riñón. Pero fue un gran día y al caer la tarde volvimos felices a casa. ¡Había podido hacer la ruta! Y eso era un triunfo para mí.
 
 QUIRON              

sábado, 17 de enero de 2015

Sí se puede ser feliz






      En el valle se crió,
la hierba seca fue su cuna,
sus juguetes, las piñas, las calabazas,
correr tras las gallinas,
revolcarse con el perro,
abrazar a los corderos.
Sentarse en la piedra del musgo verde,
era su tobogán.
Contar estrellas le hacía dormir,
Y las aves le despertaban por la mañana.

        Sabía la hora de cada momento,
pero no tenía reloj,
su palo de mimbre y el sol hacían el resto,
el canto de las aves silvestres
le anunciaban la llegada de las estaciones,
las pieles de las reses,
le servían de vestimenta,
los reptiles para él eran un juego,
los esperaba para cazarlos,
y el sol le ponía la piel dorada.

        Su casa eran dos piedras juntas,
cubierta de ramas y pieles secas,
su colchón de espuma
eran las pajas de hierbas secas,
también de helechos y de castaños,
y de tomillos y de cantuesos,
y su pijama no era de seda,
su piel rozaba las rudas pajas,
sus zapatos de charol
eran cosidos de piel de gato.

        Jamás hizo daño a nadie,
jamás robó a nadie nada,
nunca conoció otro mundo,
siempre su casa, su cueva,
sólo habló con cazadores
en contadas ocasiones.

        Su corta familia era su tesoro,
su vida era el campo,
también el ganado,
la cueva era el todo, la vida y la muerte,
morían de viejo, morían de frío,
morían siendo felices, sin tener nada.


Trotamundos

Un roquero del violín





         En estas fiestas he tenido la gran suerte de ver un maravilloso espectáculo. Ara Malikian tocando el violín, acompañado de Ángel Corella con su grupo de ballet.

         Aras Malikian es un virtuoso del violín, con una apariencia de roquero que desconcierta. El pelo largo, rizado a lo afro, vestido de manera desenfadada e informal. Pero tocando el violín, es único. Toca con tal maestría que, cuando ejecuta esos magistrales solos, hace vibrar las cuerdas de la sensibilidad.

         Tres parejas de baile amenizaron el concierto. Música de Tchaikovsky la primera parte, que resultó de gran belleza. Pero en la segunda, en mi opinión, se superaron. El violinista utilizó su saber, entusiasmando al público como él sabe. Dando saltos como los roqueros y haciendo pasos de A C D C.

         El público puesto en pie, no dejaba de repetir ¡bravo!, ¡bravo!

         A este gran artista le vi por primera vez en Alcorcón, en el Buero Vallejo, junto al grupo ILLANA, y ya me encantó. Así que cuando supe que venía al Teatro del Canal, no he querido perdérmelo.

         Momentos como éste, hacen que los problemas de la vida se te olviden por unos instantes, y disfrutes de algo tan maravilloso como es la música. Al menos para mí, que soy una entusiasta de este bello arte. ¡Viva la música!


                   Dulce néctar son tus bellos sonidos
                que alimentan mi alma al escucharte.
                Cual si fueras apasionado amante,
                acaricias y besas mis oídos
                y deleitas suavemente mis sentidos,
                linda diosa princesa de las artes.
                           
                   Si te escucho y mis ojos cierro,
                tus acordes me elevan a las nubes
                y disfruto unos minutos en el cielo
                y regreso cargada de energía.
                Es por eso que te oigo día a día.

                   Eres musa de los enamorados,
                eres fuente de miles de poetas,
                la libertad del encarcelado,
                la compañía de soledades muertas.

                   Tu idioma universal todos lo entienden.
                Quien no te puede oír, ¡cuánto se pierde!

Luna